When the Earth Shook, So Did Our Hearts

 By Ana Omana Szapiel 

Last Wednesday, Venezuela was struck by two devastating earthquakes magnitudes 7.2 and 7.5 just 39 seconds apart. My family, thankfully, lives far from the affected area and is safe. But that knowledge did little to ease the fear that gripped me.

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Photo: El Colombiano

Like millions of Venezuelans living abroad, I immediately reached for my phone. We all did. We called, texted, refreshed social media, desperately trying to reach family and friends and learn who was alive, who was trapped, and who needed help. Distance offers no protection from heartbreak. When your homeland suffers, you suffer with it.

Many people have said this is not the time to politicize such a tragedy. I understand that sentiment. During the first 72 hours after a major earthquake, every second matters. Lives depend on swift rescue efforts, coordinated emergency response, and functioning institutions. But for Venezuelans, separating this tragedy from the reality of our country is nearly impossible.

For 27 years, socialism has systematically dismantled Venezuela’s institutions and stripped away the dignity of its people. Today, more than eight million Venezuelans live in exile. Watching the aftermath of these earthquakes has been heartbreaking because we are witnessing not only a natural disaster but also the consequences of a nation left without the capacity to respond.

Videos emerged of ordinary citizens digging through rubble with their bare hands. Rescue volunteers used cellphone flashlights because they lacked proper equipment. Families searched collapsed buildings themselves because no organized response had arrived. It felt less like emergency management and more like abandonment.

Perhaps the most painful images were not of the destruction itself but of the absence of the state. Venezuelans know all too well how quickly thousands of military personnel can appear to suppress peaceful demonstrations. Yet when people cried out for rescue, many waited hours before meaningful government assistance arrived.

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Photo: Diario Expansión

Meanwhile, help came from outside. El Salvador mobilized rescue assistance within hours. The United States also quickly expressed support and sent aid. Rescue teams from neighboring Colombia reportedly faced delays before being authorized to begin their work. In disasters like this, every hour matters. Every minute can mean the difference between life and death.

As I watched events unfold, I realized I was experiencing something that felt like grief. First came denial, then sadness, followed by anger and profound discouragement. But amid all that pain, something extraordinary emerged.

The Venezuelan people.

Neighbors rescued neighbors. Young people documented missing persons and shared information across social media. Women cooked arepas for exhausted volunteers. Complete strangers opened their homes to families who had nowhere to sleep. Friends of mine in the Caracas area spent nights sleeping in their cars because their apartment buildings were no longer safe, receiving little meaningful assistance from authorities.

This is the Venezuela I know.

Our venezolanidad! our uniquely Venezuelan spirit has survived everything. It has survived economic collapse, political persecution, forced migration, and now another devastating natural disaster. Socialism has taken many things from us, but it has not taken away our humanity, our solidarity, or our ability to care for one another.

Perhaps that is the next stage of mourning: acceptance. Accepting that once again it will be ordinary Venezuelans, supported by the international community, who will carry the greatest burden of saving lives and rebuilding communities.

I hope the international rescue teams now arriving can help save those still trapped. I hope reconstruction begins quickly. I hope families can once again feel safe in their homes.

This year marks 25 years since I came to the United States. Today, I am a proud American citizen. I love this country deeply. It has given me opportunities, freedom, and democracy. Yet I cannot deny the guilt that sometimes accompanies watching my homeland suffer from a place of safety and privilege.

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Ana Omana at the Venezuelan Flag Day celebration at Philadelphia City Hall
Photo: Jensen Toussaint

When I dream of returning to Venezuela, I realize I am often dreaming of the country I left behind the country of my childhood, before millions scattered across the world, before institutions crumbled, before tragedy became routine.

Still, hope remains.

Because as these earthquakes reminded us, buildings may collapse, but the spirit of people does not. Venezuela’s greatest resource has never been its oil, its mountains, or its beautiful landscapes.

It has always been its people.

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Cuando la tierra tembló, también lo hicieron nuestros corazones

Por Ana Omana Szapiel para 2Puntos

El miércoles pasado Venezuela fue sacudida por dos terremotos devastadores de magnitudes 7.2 y 7.5 con apenas 39 segundos de diferencia. Mi familia, afortunadamente, vive lejos de la zona afectada y está a salvo, pero eso no alivió el miedo que me invadió.

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Foto: Diario Expansión

Como millones de venezolanos que vivimos en el extranjero, inmediatamente tomé mi teléfono. Todos lo hicimos. Llamamos, enviamos mensajes, actualizamos las redes sociales, tratando desesperadamente de contactar a familiares y amigos, y saber quién estaba vivo, quién estaba atrapado y quién necesitaba ayuda. La distancia no ofrece protección contra el dolor. Cuando tu patria sufre, tú sufres con ella.

Muchas personas han dicho que este no es el momento de politizar una tragedia así. Entiendo ese sentimiento. Durante las primeras 72 horas después de un gran terremoto, cada segundo importa. Las vidas dependen de esfuerzos de rescate rápidos, de una respuesta de emergencia coordinada y de instituciones que funcionen, pero para los venezolanos, separar esta tragedia de la realidad de nuestro país es casi imposible.

Durante 27 años, el socialismo ha desmantelado sistemáticamente las instituciones de Venezuela y ha arrebatado la dignidad de su gente. Hoy, más de ocho millones de venezolanos viven en el exilio. Ver las secuelas de estos terremotos ha sido desgarrador porque estamos presenciando no sólo un desastre natural, sino también las consecuencias de una nación sin capacidad de respuesta.

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Foto: Revista Semana

Hemos visto videos de ciudadanos de a pie cavando entre los escombros con sus propias manos; voluntarios de rescate usando las linternas de sus teléfonos celulares porque no tenían el equipo adecuado. Las familias buscando por sí mismas en edificios colapsados porque no había llegado ninguna respuesta organizada. Se sentía menos como una gestión de emergencia y más como un abandono.

Quizás las imágenes más dolorosas no fueron las de la destrucción en sí, sino las de la ausencia del Estado. Los venezolanos sabemos muy bien con qué rapidez pueden aparecer cientos de militares para reprimir manifestaciones pacíficas. Sin embargo, cuando la gente clamaba por rescate, muchos esperaron horas antes de que llegara la ayuda gubernamental significativa.

Mientras tanto, la ayuda llegó desde fuera. El Salvador movilizó asistencia de rescate en cuestión de horas. Estados Unidos también expresó rápidamente su apoyo y envió ayuda. Según informes, los equipos de rescate de la vecina Colombia enfrentaron retrasos antes de ser autorizados a comenzar su trabajo. En desastres como este, cada hora importa. Cada minuto puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.

A su vez los venezolanos desde todas partes del mundo observamos cómo se desarrollaban los acontecimientos, me di cuenta de que estaba experimentando algo que se sentía como duelo. Primero vino la negación, luego la tristeza, seguida por la ira y un profundo desaliento, pero en medio de todo ese dolor, surgió algo extraordinario, el pueblo venezolano.

Los vecinos rescataron a los vecinos. Los jóvenes documentaron a las personas desaparecidas y compartieron información a través de las redes sociales. Las mujeres cocinaron arepas para los voluntarios exhaustos. Los desconocidos abrieron sus hogares a familias que no tenían dónde dormir. Amigos míos en la zona de Caracas pasaron noches durmiendo en sus carros turnándose para vigilar y proteger porque sus edificios de apartamentos ya no eran seguros, recibiendo muy poca ayuda de las autoridades.

Esta es la Venezuela que conozco.

¡Nuestra venezolanidad! Nuestro espíritu, único realmente extraordinario que ha sobrevivido a todo. Ha sobrevivido al colapso económico, a la persecución política, a la migración forzada y ahora a otro devastador desastre natural. El socialismo nos ha quitado muchas cosas, pero no nos ha quitado nuestra humanidad, nuestra solidaridad ni nuestra capacidad de cuidarnos los unos a los otros.

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Foto: Jesús Rincón

Quizás esa sea la siguiente etapa del duelo: la aceptación. Aceptar que, una vez más, serán los venezolanos de a pie, apoyados por la comunidad internacional, quienes cargarán con el mayor peso de salvar vidas y reconstruir comunidades.

Espero que los equipos internacionales de rescate que ahora están llegando puedan ayudar a salvar a quienes aún están atrapados. Espero que la reconstrucción comience pronto. Espero que las familias puedan volver a sentirse seguras en sus hogares.

Este año se cumplen 25 años desde que llegué a Estados Unidos. Hoy soy una ciudadana estadounidense. Amo profundamente a este país. Me ha dado oportunidades, libertad y democracia. Sin embargo, no puedo negar la culpa que a veces acompaña el hecho de ver sufrir a mi patria desde mi lugar de seguridad y privilegio.

Cuando sueño con regresar a Venezuela, me doy cuenta de que a menudo estoy soñando con el país que dejé atrás, el país de mi infancia, antes de que millones se dispersaran por el mundo, antes de que las instituciones se derrumbaran, antes de que la tragedia se volviera rutina.

Aun así, la esperanza permanece.

Porque, como nos recordaron estos terremotos, los edificios pueden colapsar, pero el espíritu de un pueblo no. El mayor recurso de Venezuela nunca ha sido su petróleo, sus montañas ni sus hermosos paisajes, siempre ha sido su gente.

Autor(a)
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Ana Omana Szapiel is a Venezuelan living in Philadelphia whose work reflects a deep commitment to community, culture, and collective care. As a contributor to 2Puntos, she brings a thoughtful, human‑centered voice to our platform — one shaped by lived experience, migration, and a strong sense of responsibility toward her community.

 

Ana Omana Szapiel es venezolana radicada en Filadelfia cuyo trabajo refleja un profundo compromiso con la comunidad, la cultura y el cuidado colectivo. Como colaboradora de 2Puntos, aporta a nuestra plataforma una voz reflexiva y centrada en el ser humano, una voz moldeada por la experiencia vivida, la migración y un fuerte sentido de responsabilidad hacia su comunidad.