Reseña del libro de poemas Solo el naufragio (2018) de Roberto Gómez Beras

Somos habitantes de la soledad
El libro Solo el naufragio está compuesto por diversas secciones y contempla diferentes temáticas y ellas son: Los naufragios, La pirámide saqueada, Ese otro cólera, Mi hija conversa con su destino, Suite japonesa de siete movimientos, Seis Antipoemas para una poeta y mediante ellas, el poeta Roberto Gómez Beras expresa su sentimiento y formas de expresión lírica.
En Los naufragios se entreve una imagen del ser humano con su propia tragedia a cuestas. Esto implica la tragedia de existir; porque el hombre, a pesar de ser bendecido por una vida plena con diferentes tipos de afectos; en primera instancia, él está profundamente solo. En vista de esta afirmación, el poema que abre el libro, titulado “Solo el naufragio” alumbra a los lectores como un faro e indica, en mayor o menor medida, el desarrollo de la postura poética de Gómez Beras; sobre todo cuando señala: “A la deriva de las promesas incumplidas/ de las amenazas que fueron apenas/ espuma y aullidos en la boca de un paria” (19). En estos versos predomina el sentimiento de un transeúnte de la vida, que ha sido golpeado por ella y trata, por todas las vías posibles, de defenderse de ese exterior que simboliza un peligro o sea el hablante es vulnerable frente a “eso” externo que lo deprime. Del mismo modo, Gómez Beras expone un hablante lírico ajeno y solitario, en una determinada noción de estructura socio histórica y cultural, por esta razón se defiende por medio de su palabra y para ello adquiere un tipo de animalización que se concentra en el aullido. En el mismo verso, la espuma es un elemento cercano a lo evanescente o a aquel significado imposible de asir.
En El regreso a Ítaca y Los náufragos emerge una idea central que sobresale en todo el poemario Solo el naufragio y está constituida por la noción de la vida y la muerte, como dos ámbitos que se atraen y se repelen, por ejemplo, en los versos siguientes: “Vivir la muerte”: “Vivir la muerte… /para que sienta lo que es dejar atrás todo/ lo que nos extrañará y preguntará por nosotros/cuando la última de las alegrías nos secuestre” (Gómez Beras, 22), o en “Un hombre muere”: “un hombre se ausenta y con él, algunos, moriremos también pero no de abismo sino de aceptar que algo, como la piedra milagrosa lanzada por una honda, no volverá nunca más pues hay ciertas cosas que no conocen su origen” (25). En el limbo existente entre ambos aspectos, las representaciones de la vida y de la muerte son imágenes potentes, por esta razón, el acto de sobrevivir se convierte en una tarea compleja, dentro de toda esta debacle.
En otras palabras, en esta propuesta del oxímoron, el poeta atraviesa estos dos territorios y se alberga, finalmente, en un “no lugar” incierto y peligroso. Así se demuestra en el poema Uno de Los Náufragos: “Como un barco que se aleja/ la vida sigue su rumbo cierto al azar/ mientras nos distancia de nosotros mismos” ( Gómez Beras, 121) o “Somos los testigos impávidos de todo lo que nos pertenece/ pero al alcanzarlo ya no lo poseemos” (121). Es decir, el hombre está cercano al abismo, en un terreno cenagoso que nosotros como seres humanos no podemos precisar y por lo tanto, nuestro avance por estos caminos se define mediante la indeterminación. La dualidad comentada forma una imagen que avanza tanto desde la palabra, como desde los silencios y alumbra ciertos sectores borrosos, nublados o entrevistos para que nosotros como lectores, quizá algún día logremos asir.
La idea mencionada, igualmente, se identifica con ese sujeto que interiormente está pregonando ciertas verdades incómodas que fracturan, justamente, el exterior o lugar en que el hablante se siente amenazado. En los versos que siguen:” ¿Quién vengará nuestros sueños?/ Quién ordenará nuestro crimen/ Quien pulirá nuestras dos fechas?” (Gómez Beras, 19). El ser humano frágil, observado desde la vulnerabilidad descrita, busca a un otro o un espacio místico apropiado. Así, salta a la vista el llamado interior que surge desde la profunda humanidad del hombre desbastado, hacia un espacio místico y espiritual que pueda brindar nuevas posibilidades, dentro del entorno complejo donde este vive. Dicho de otra manera, el hombre necesita que alguna entidad mística actúe sobre este orden socio cultural e histórico inseguro y sea capaz de transformar nuestra noción compleja de realidad.
Sin embargo, del mismo modo, el aspecto nietzscheano encontrado en el poemario anula toda posibilidad de un presente y futuro más auspicioso; por el contrario el ser humano debe contentarse con la realidad que le ha tocado asumir y debe sobrellevarla de alguna manera o dejarse imbuir en la tragedia de la vida: “Han pasado algunos años desde la muerte de mi madre. Despedirse es siempre una gesta que no termina” (Gómez Beras, 107). En este derrumbe, la imagen controversial de Dios se quiebra; tal como se percibe en PATER NOSTRUM: “Padre que no estás en el cielo ni en la tierra sino en el mar sin dios de la nostalgia. Sólo recuerdo tu nombre secreto cuando el puñal de una melodía se me clava lentamente en un costado” (Gómez Beras, 20). El ser humano no logra encontrar respuestas y en torno a ello, la palabra como tal es insuficiente o no logra satisfacer del todo al hombre agónico, frente al desconsuelo.
Igualmente, los cuestionamientos que expresa el hombre (en sí mismos) conforman una quebradura o tensión en nuestra vida; por esta razón, el poeta pregunta al aire, al vacío, sin esperar respuestas y ello se observa en Ícaro: “¿Qué es caer?/¿Hasta dónde cae el cuerpo?/¿Hasta el pudor?/ ¿Hasta dónde cae el alma?/ ¿Hasta el olvido? /¿Cuál de los dos toca suelo primero? /¿Caemos desde la carne o desde el deseo?” (Gómez Beras, 62). Estas interrogantes inmensas aluden, en principio, a un complejo concepto del vacío o también referido como “no lugar”, porque cuando caemos nos apartamos de un terreno seguro e identificado para hallarnos en una región desconocida, espacio o mundo difícil de reconocer. Por esta razón, la caída supone un movimiento y ese tránsito es indefinible por sí mismo, a la vez, estas preguntas se asocian con diversas regiones o pulsaciones del hombre y se mencionan a través de los vocablos: “cuerpo”, “pudor”, “alma”, “olvido”, “carne” y “deseo”. Siguiendo este razonamiento, el deseo transita junto con la muerte, es decir, al pie del deseo la muerte lo espera, como diciendo que desde el éxtasis de la vida surge la aniquilación.
Según este punto de vista, podríamos estar aquí en la vida o allá en la muerte. Dörr señala que: “La raíz etimológica de thanatos es tha y la única otra palabra griega con la misma raíz es thalamon, el tálamo nupcial. El thalamon es el lugar de la casa donde habita la esposa y es la habitación más central, pero también la más oscura. Thanatos o la muerte aparece vinculada entonces, por un lado, a la oscuridad y al encierro y, por otro, a la mujer y al amor” (190). Es decir, el devenir del hombre siempre está unido a estos dos conceptos ( vida y muerte) y él está obligado a transitar por estos dos ríos caudalosos y turbulentos. Esencialmente, el acto sexual constituye un ritual profundamente místico y paralelo a la creación del mundo, con relación a la capacidad de generar vida humana. Al mismo tiempo, nuestra delicada existencia es proclive a la muerte y en este aspecto, el ser humano es una entidad frágil necesitada de respuestas y apoyos divinos, debido a todos los vacíos e incongruencias de la vida.
En concordancia con lo anterior, el poeta inventa una nueva noción de “dios” y esta imagen es visible, sobre todo en El regreso a Ítaca, pues el nuevo arquetipo suple a la concepción perfecta, inmaculada e inalcanzable del Dios histórico y bíblico. Esto significa que, al hablante de Solo el naufragio le es más sencillo entablar una relación con otro tipo de entidad, mucho más cercana a él; y apegada a nuestra naturaleza humana insuficiente y perfecta a la vez, o “dios primitivo y sediento” diría en “Alejandría”: “Ahora tu cuerpo sin manchas/será ofrenda y carroña/ para esta nueva fe/ de un dios primitivo y sediento, /pero sabemos que no te irás/ porque una vez nos dijiste /que los astros más distantes /sólo muestran sus presagios /a través de la oscuridad /de los espesos siglos” (Gómez Beras, 116-117). En los versos citados, existe un reemplazo de la imagen de Dios mencionada, la cual se alza sobre la existencia del hombre y de la mujer y esto resulta en una representación de un “dios” sensorial vinculado con el deseo y la carnalidad, con lo pedestre, cotidiano y agónico.
Referencias bibliográficas
Otto, Dörr. “Eros y Tánatos”. Salud Mental, No. 3, 2009, pp. 189-197.
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Claudia Vila Molina, poeta, profesora de lenguaje y Magíster en Literatura Comparada
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