Amo a mis abuelas. Es la mayor aseveración que puedo hacer en este momento. Soy dichosa de tenerlas conmigo. Ambas son un enorme ejemplo en mi familia y ambas tienen mucho en común. Me siento completamente orgullosa de ellas. Mujeres fuertes, mujeres valientes y de gran corazón.
Un día, estando triste y pensando en todas las cosas por las que he pasado, vinieron ellas a mi mente; y es porque si de alguien he heredado fortaleza y valor para enfrentar los problemas o los malos ratos, ha sido de ellas, no me queda la menor duda. No conozco a mujeres más sacrificadas, desprendidas de sí mismas, para darse a los suyos como ellas. Son de esas personas a las que saludas y en el instante te llenás de paz. Porque a pesar de las tristezas, de las angustias, de la pobreza, de las dificultades que les ha tocado afrontar, tienen una sonrisa a flor de labios y una palabra de esperanza.
Cuando hablo con ellas, vuelvo a creer en la humanidad, cuando las escucho, cada una a su manera, me hacen comprender que vale la pena seguir adelante, que vale la pena estar unidos en familia, que vale la pena hablar con Dios y que cada día y cada cosa, aunque sea pequeñita es un regalo de Dios, porque saben ver en lo poco y en lo pequeño grandeza. Porque saben valorar a las personas sin ningún reparo, solo porque tienen un corazón demasiado limpio, demasiado tierno.
Sus abrazos son como una inyección de fuerza, cada vez que las abrazo me quedo con su paz, con su fuerza y con su amor. Porque ellas logran transmitirlo, no solo a mí, sino a quienes están cerca de ellas. Y todo esto lo digo sin caer en emocionalismos ni sentimentalismos baratos.
Mujeres de campo, mujeres trabajadoras, literalmente, de sol a sol. No me imagino cómo debieron ingeniárselas en tiempos de hambre y escasez para sacar adelante a sus hijos e hijas. Sólo sé que esos hijos e hijas son hoy hombres y mujeres de bien, que se enternecen con las penas y las alegrías, hombres que derraman una lágrima sin vergüenza porque han encontrado la bondad en ellos mismos, y mujeres que se levantan día a día de las cenizas para enfrentar los problemas y calamidades.
Mi familia es muy pobre, pero ustedes no se imaginan qué rica y poderosa me siento de pertenecer a ella. Porque hay más riqueza en sus corazones que la que he podido conocer por donde he ido y pasado.
Mis abuelitas son una de tantas bendiciones en mi vida. Diosito, déjamelas a mi lado por más tiempo, es lo único que pido.
Las amo abuelita Tana y abuelita Rita.




