Pasear por Venecia siempre es descubrir belleza, historia y arte, y no solo en las innumerables obras maestras que posee la ciudad; en sus calles siempre hay algo que te llama la atención y que te transporta a un mundo perdido que hace soñar. Eso pasa al descubrir las terrazas que se ubican en lo alto de muchos palacios y casas nobles. Son las «altane» plataformas de madera expuestas al sol y al aire de los canales y la laguna. Uno puede pensar, y no se equivocaría, que debían usarse para tender la ropa o descansar con la brisa de la tarde en los días calurosos, pero al leer sobre ellas vemos que, como todo en Venecia, servían para algo más.


Eran el lugar en donde las damas nobles se teñían el pelo. Porque el color del cabello de las mujeres venecianas durante los siglos XV y XVI no era solo un capricho estético o una moda pasajera, era un símbolo de distinción y categoría. El color, al que incluso en nuestros días, se le llama rubio veneciano, no era un rubio simple, tenía tres tonos: oro, cobre y miel, y cambiaba con el sol o con la iluminación de las velas en las tertulias nocturnas. No era fácil de conseguir ese efecto, se tenía que disponer de mucho tiempo libre, de la ayuda de una sirvienta para aplicarlo, de un espacio propio expuesto al sol y del tinte, cuya fórmula era secreta, pero que se ha conservado hasta hoy.
Este compuesto se hacía con una mezcla de: Infusión de manzanilla, azafrán, ruibarbo y limón a la que se añadían cenizas vegetales y orina fermentada cuyo amoníaco provocaba la apertura de la cutícula capilar fijando el color. El proceso duraba varias horas y no era fácil de soportar en verano. También comportaba otro problema, porque el sol no podía tocar en absoluto la piel de las mujeres nobles y malograr su blancura inmaculada. Para ello se tenían que cubrir el cuerpo con ropajes frescos de seda, y la cabeza con un sombrero especial la «solane» , algunos autores del siglo XIX la traducían poéticamente como «sun frame» (marco para el sol), Era un sombrero de ala muy ancha y sin copa, abierto por el centro por donde se sacaba el cabello exponiéndose al sol.


No se conserva ninguno de ellos, pero sí algunos grabados posteriores inspirados en uno de 1590 de Cesar Vecellio.
Estas costumbres también aparecen en textos literarios como: «The Dogaressas of Venice «de Edgcumbe Staley (1904) donde el autor las describe así:
«Sobre cada altana se veía un grupo de mujeres sentadas con un sombrero de paja de ala ancha y sin copa; el ala protegía cuello y pecho mientras el sol caía únicamente sobre el cabello. De vez en cuando lo humedecían con una pequeña esponja sujeta al extremo de una varilla e impregnada en preparados secretos.»
Uno de los pintores del renacimiento que supo reflejar este ideal de belleza femenino fue Tiziano, todas sus mujeres tenían ese tono de cabello característico, ni rubio ni pelirrojo, ese color de fuego y luz que simbolizaba la virtud, la pasión y la dulzura y que tanto influyó en la sociedad de aquel tiempo.



Lo que hace reflexionar sobre todo esto es que no se sabe qué fue primero, si el gusto de las damas por aquel color de pelo que tenían las idealizadas representaciones de Tiziano o si el pintor se inspiró en el color que habían elegido ellas.
Esto recuerda una frase de Oscar Wilde :
«La vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida».
Según él quizás fue primero Tiziano.












































