Les ha contado a los niños que las salamandras tienen propiedades fluorescentes y que emiten un resplandor turquesa ¡Turquesa!, ha enfatizado esperando que se sorprendan. El problema es que los niños no saben qué es una salamandra y ahora el que se sorprende es el abuelo, sus ojos, ya de por sí muy redondos y abiertos se amplifican todavía más. Disimula y empieza a explicarles qué tipo de animal es. Los niños parecen dispersos y desinteresados, como si se aburrieran, no de esa explicación en concreto sino de todo en general. Miran hacia la encina que está en la parte alta de la piscina porque detrás está la puerta y tal vez aparezca por ahí algún amigo con el que bañarse.
Así se acaba antes, le dice el abuelo a la abuela, con el teléfono, se la voy a enseñar. Y les enseña en la pantalla una salamanquesa amarronada posada sobre una pared. Ah, ya, dice el mayor de los niños, he visto antes lagartijas, por ahí las he visto. Señala un muro de piedras donde se apoyan las sillas de piscina.
Este animal no es una lagartija, fíjate bien.
Abuelo, ¿jugamos al memory?, propone la niña y despliega sobre el césped con mucha decisión las fichas del juego.
Nada, que no les interesa la salamanquesa, le dice el abuelo a la abuela que se sienta muy tiesa en la silla.
Si es que tú también, te empeñas en enseñarles cada cosa, o de animales o de plantas o de piedras, siempre igual y claro, los niños…yo no me baño, le dice a continuación a un señor que está sentado al lado, leyendo. No me baño porque tengo lunares y porque no me gusta bañarme, estoy muy delgada y paso frío. No me baño yo.
En el fondo siente cierta culpabilidad de estar frente a una piscina tan grande y azul, tan limpia y casi vacía y no bañarse.
Cada uno que haga lo que quiera, faltaría más, dice comprensivo el señor, sonríe y vuelve a su lectura.
Yo no me concentro aquí en la piscina, dice la abuela, no me concentro, porque se oyen conversaciones de otros, porque llegan los niños y gritan, por lo que sea, pero no me concentro.
Hay un sitio, interviene el abuelo dirigiéndose al señor del libro, hay un sitio que conozco yo que puede encontrar absolutamente cualquier libro que busque, los tienen todos, hasta los descatalogados. Se llama…espere que se lo digo.
Pero si él lo que quiere es leer, déjale que no se concentra, perdone usted, le hemos interrumpido.
Han llegado dos amigos de los niños y corriendo, desaparecen todos entre los árboles. Los abuelos se quedan mirando hacia el frente. Se sienten fuera de lugar porque allí van bien vestidos hasta para ir a bañarse, las mujeres con unas túnicas que no parecen cualquier cosa , sombreros, bolsones muy grandes a juego y muchos otros accesorios más, como si ir a la piscina fuera todo un viaje y muy protocolario. El abuelo solo lleva un pantalón corto y una camiseta con un anuncio de algo que no sabe ni qué es y la abuela un vestido de flores que se compró en el mercadillo, los dos son muy delgados y los dos tienen movimientos rápidos y ligeros, como pájaros desconfiados.
También conozco otro sitio, dice el abuelo, esta vez ya para sí mismo, un sitio donde arreglan de todo, cualquier objeto con desperfecto te lo arreglan ahí y no lo tienes que tirar, no hay que tirar tanto.
Verdad es, verdad es, le reafirma la abuela, nada más que gastar no puede ser. Yo no me baño, si me quedo aquí en la sombra no se pasa calor porque hay buenos árboles, hay buenos árboles aquí, ¿de dónde los habrán sacado? Porque esto son unos jardines y los han mezclado a todos.
Esos de allá son álamos blancos.
Ya estás tú sabiendo todo de los árboles, los animales y las piedras, es que lo sabes todo de eso.
Porque me gusta, dice el abuelo poniéndose de pie para ver mejor a los niños. Porque me gusta.
Te gusta, pero hoy me toca a mí elegir y vamos a ver Valle Salvaje. A mí es que no sé, pero me parece que en este sitio no encajamos, estoy deseando irme al pueblo. Aquí la gente es, no sé cómo decirte, no te sientes en tu salsa.
No te sentirás porque no quieres, ¿no somos todos del mismo cielo y de la misma tierra? Nacimos y nos vamos a morir. Mira una Morfo Azul, qué hermosura.
La mariposa, sí, ya la he visto, hay muchas de esas. Seremos lo mismo pero iguales no somos, ¿cuándo he tenido yo esos trajes? Y que no, eso se nota, ¿Crees que los niños quieren más a los otros abuelos?
No mujer, no creo eso ni lo creas tú, lo que pasa es que los ven más, están más con ellos.
No sé, no me voy a bañar, nunca me baño, hace ya mucho que no me baño. Hoy vemos Valle Salvaje. Me había traído una novela, pero ni la he bajado, fíjate, es que aquí no me concentro. Se oyen las conversaciones quieras o no.
En el sitio que te digo te lo reciclan todo, todo, te lo arreglan, no lo tienes que tirar, no hay que tirar tantas cosas, dice el abuelo abriendo sus ojos asombrados y estirando su cuerpo enjuto.
Te quedas achaparrao de tanta silla. No estamos hechos nosotros para tanta silla. Si la niña te pide que juegues a eso de la memoria con ella, tú juegas, no sea que luego quieran más a los otros. Vamos a preparar las fichas para cuando llegue. La abuela despliega las fichas sobre la una toalla. Ya está, listo. Le gustaría tener más cosas que hacer, si es que ella no para nunca, estar sentada es lo que le cansa. No para, como la mariposa azul que ya está otra vez aquí dando vueltas sobre las fichas.
Esta también quiere jugar, dice el abuelo, la Morfo, digo.
Anda que tú también, te ha dado fuerte, yo lo que tengo son unas ganas de irme ya al pueblo…