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Viaje a Bolonia al congreso “Inheriting Eco”

En esta nueva aventura que es iniciar un doctorado a los 45 años y con familia numerosa lo importante no solo es el resultado final sino el camino y el camino, como decía Machado, se hace al andar. Una parada importante ha sido en Bolonia, en el congreso “Inheriting Eco. Umberto Eco, the University of Bologna and all the knowledge in the world”.

Desde principio sentí que la semiótica poseía herramientas útiles para mi investigación, a pesar de tener solo vagos recuerdos de una clase de la facultad (a la que no hice pellas) en la que se nos habló de los iconos, índices y símbolos de Charles S. Peirce. Y es que aprender de semiótica es algo tan básico y necesario para la supervivencia en el mundo actual que es un conocimiento que debería salir de los libros y los aulas y hacerse mucho más popular. Es necesaria, de alguna manera, una semiótica básica pop del día a día, porque casi todos los debates actuales tienen de protagonista a los signos, las clasificaciones, los espectros, los binarismos, las inferencias, los significados… Además, es una disciplina que se interconecta con la filosofía del lenguaje, la lingüística y la literatura y, de verdad, les animo a indagar más en ella. Un buen libro para empezar es “Tratado de Semiótica General” de Umberto Eco (1975), aunque reconozco que tiene una combinación de capítulos más sencillos y accesibles con otros bastante complejos y de difícil comprensión para las personas que, como yo, tenemos todavía carencias formativas en este campo.

Y aquí les dejo mi presentación en inglés de 15 minutos por si es de su interés:

Me llevo buenos recuerdos de este congreso y de la visita a esta ciudad. Para mí siempre lo más importante es el factor humano, antes que el intelectual, y siempre es bonito ver como al final el idioma nos une y terminamos juntándonos un grupito de hablantes de español de este lado y del otro del Atlántico. Fue así como conocí y me puse a hablar con un investigador, después de ver sus apellidos hispanos en el colgante, en el tour que organizaron para visitar la ciudad o, en los desayunos entre conferencias, cuando se iban sumando al grupo cada día alguien nuevo que escuchaba unas palabras en nuestro idioma y se acercaba a charlar con nosotros. La lengua al final nos une.

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Las conversaciones con ellos fueron interesantes y, además, me llevé buenas recomendaciones de libros como el de “The Semiotics of the COVID-19 pandemic” de Sebastián Moreno Barreneche o la novela “La séptima función del lenguaje” de Laurent Binet que incluye como personajes a Roland Barthes o al mismo Umberto Eco en un relato de semiotica-ficción muy llamativo. Además, Binet impartió una conferencia en el congreso y es un autor al que seguir la pista a partir de ahora. Les doy gracias a todos esos profesores e investigadores a los que conocí o a los que pude escuchar en sus comunicaciones por todos estos buenos momentos de aprendizaje compartido.

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Y, para terminar, dejo un paseo por Bolonia con mis pensamientos improvisados al caminar…

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Poema prohibido #2: Madres

(Dedicado a los sistemas de aire acondicionado que enfrían las granjas de servidores)

 

Madres.

Madres que matan a sus madres.

Madres que matan a sus hijos.

Madres que esterilizan a sus hijas.

Madres que dejan a sus bebés llorando en una habitación cerrada.

Frigidez a menos 196 grados centígrados,

y umbrales de normalidad probabilística.

Madres entre Génesis y Tánatos

dispuestas a hacer sacrificios

con permiso médico y aval científico.

Madres.

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Poema prohibido: “Tengo el mismo calor que siempre”

 

Tribunal, doctores, jueces, científicos, periodistas…

Me dirijo a ustedes como hereje,

como loca,

como negacionista,

como pecadora,

como rara,

como punki.

Confieso con temor mis autopercepciones:

“Tengo el mismo calor que siempre”.

No noto nada diferente

desde mi infancia hasta ahora

ni en el calor de los acumuladores de asfalto,

ni en el bochorno pegajoso,

ni en los veranos de esta ciudad,

ni en el junio ni en el agosto.

No noto nada diferente,

ni en la lluvia,

ni en las inundaciones

ni en la nieve.

Nada.

Debo estar equivocada,

y mis sentidos me engañan,

porque sé que debería interpretar

estas sensaciones de otra forma

más ortodoxa,

más acorde con los telediarios,

con las narrativas imperantes,

con las construcciones de los grupos de decisión,

con los lobbies eléctricos…

Pido perdón a Margaret Thatcher.

Pido perdón al IPCC.

Pido perdón al FMI, a la UE, al Banco Mundial, a la ONU y a los BRICS.

Pido perdón a Santa Greta.

Alabados sean los termómetros,

y las personas que midieron todo,

de formas tan variopintas y diversas,

imposibles de homologar entre sí.

Me flagelaré esta noche,

apagaré el aire acondicionado,

o lo subiré,

para crear un paraíso climático

en el que vivir y soñar,

en el que la temperatura sea siempre

“la que tiene que ser”.

No sé muy bien cómo es ese oasis cibernético

de botones de encendido y apagado,

de sensores e interruptores…

Quizás allí las estaciones se suceden

“como debe ser”.

Pero, ¿cuál es el canon?

¿Cuál es la referencia?

¿Cuál es el ideal al que aspirar?

¿Un grado menos de media mundial?

¿Dos? ¿Cinco?

¿O que bajen solo las temperaturas nocturnas de agosto en Navacerrada?

¿Cómo debería ser el clima ideal, normal y correcto?

Quizás necesitamos un termostato y fijarlo por trimestres.

En invierno una temperatura constante de 12 grados,

y que el verano se convierta en una eterna primavera.

Espero al próximo cónclave para que los sabios se pongan de acuerdo

y decidan día por día cuál debe ser el clima

en cada país, en cada ciudad, en cada pueblo, en cada barrio y en cada casa.

Señores jueces, médicos, psiquiatras, políticos, policías,

solo tengo un último deseo.

Por favor, pongan un ventilador en mi celda

y, después, otro en mi tumba.

La criogenización se la dejo a ustedes.

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Pregunta para Fernando Simón: ¿Cómo se evalúan los riesgos de las propias medidas? (2025)

Esta fue mi pregunta a Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES) del Ministerio de Sanidad, al final de la plenaria titulada “Comunicación científica en situaciones de emergencia” dentro del contexto del Congreso de Comunicación Social de la Ciencia en Palma de Mallorca celebrado en octubre de 2025. Dejo la transcripción de la pregunta y la respuesta.

Tania Gálvez: En una crisis sanitaria, ¿cómo se evalúan a nivel científico los riesgos de las propias medidas y protocolos para que no sea peor el remedio que la enfermedad? Y pongo un ejemplo concreto, por ejemplo, cuando se decide cerrar colegios se piensa qué va a ocurrir con los hijos del personal esencial, que puede repercutir en absentismo o que se queden sin personal las residencias de ancianos…? O sea, ¿cómo se evalúa eso a nivel científico?

Fernando Simón: Sí que se piensa y que sí que se evalúa. Lo cierto es que cerrar colegios es una medida que se trata de evitar siempre que se puede. De hecho, esta pandemia nos lo ha enseñado sobre todo por lo que se ha hecho en España. Cerrar colegios en un momento determinado puede controlar la progresión de la enfermedad pero en España conseguimos ser probablemente de los 2 o 3 países que menos tiempo tuvieron cerrada la educación. Se cerró en marzo y se volvió a abrir en septiembre con el curso habitual. En el resto de Europa no se abrió hasta varios meses después. En América latina lo mismo, y en Estados Unidos, igual. Fuimos uno de los países que aprendimos en un plazo muy breve cómo cuestionar los riesgos asociados a la transmisión dentro de los foros educativos, sea en escuelas, en universidades, en lo que sea.

Pero es cierto que hay que intentar evitar. Ten en cuenta que el problema no es si en las escuelas se transmite o no una enfermedad sino que la cuestión es si en las escuelas se transmite más de lo que se está transmitiendo en la comunidad a la que pertenece.

Y normalmente la respuesta es no. Normalmente no. Con lo cual no tiene sentido cerrar.

Cuando hay que hacerlo, es porque la situación se considera muy gorda. Y hay riesgo real de que la diseminación de una escuela, que además suelen ser niños en principio sanos, que no sufren muchas de las enfermedades que generan grandes pandemias o grandes emergencias, lo van a transmitir donde sí que hay personas mucho más vulnerables. Hay momentos en los que sí que hay que alargarlo.

Y es cierto que puede haber limitaciones luego para el trabajo de personal asistencial, etc. Y también es cierto que una parte de este personal, como se dice, los que disponemos actualmente, puede seguir trabajando desde casa. Otros no, un bombero es un bombero. Pero lo cierto es que es una medida que se trata de evitar lo más posible.

No todos piensan lo mismo, los hay… Esto es algo que se habla siempre en las medidas de control de problemas sanitarios. Las medidas tienen que ser factibles y sensatas.

Si tú tienes un problema asociado al agua que beben en un pueblo, lo que no puedes plantear es mover el pueblo de sitio. Tienes que hacer una medida que sea útil. Si mueves el pueblo de sitio, solucionarás el problema. Pero es que no se puede mover el pueblo de sitio.

Y aquí pasa lo mismo. Si cierras las escuelas, probablemente reducirás mucha transmisión entre un grupo que luego va a transmitir a otros en algunas situaciones concretas.

Pero lo cierto es que hay veces que cerrar las escuelas implica un impacto que no es aceptable. Y eso hay que valorarlo con mucho cuidado. Hay quienes siempre utiliza o propone medidas poco factibles. Y eso tiene que tener un contrapeso por parte del resto de los técnicos y científicos que participan en las decisiones.

Moderadora (Rocío Benavente): Por favor, no volváis a cerrar los colegios nunca.

Fernando Simón: No es mi intención.

 

El video completo de esta plenaria se puede ver:

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Emergencia semiótica: Creatividad y divulgación de significantes y significados en una crisis sanitaria

Os presento mi comunicación “Emergencia semiótica: Creatividad y divulgación de significantes y significados en una crisis sanitaria” como estudiante de doctorado en el Congreso de Comunicación Social de la Ciencia 2025 en Palma de Mallorca. Todavía me queda mucho por estudiar, aprender e investigar, pero estamos en proceso.

La semiótica, el estudio de los signos, aporta herramientas para comprender el mundo y también para cambiarlo. Por eso, es de vital importancia, sobre todo en los tiempos actuales, tener al menos unas nociones básicas.

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Esta comunicación parte de uno de los puntos apuntados en este artículo para el congreso COMRED 2025 (Sevilla):

Gálvez San José, T. (2025). Análisis semiótico de la comunicación institucional de inicio de estado de alarma. En J. Sierra Sánchez, F. Cabezuelo-Lorenzo, I. Rodrigo Martín & Á. Bartolomé Muñoz de Luna (Coords.), Realidades conectadas: medios, cultura y sociedad en la era digital (pp. 751–770). Editorial Dykinson.

Análisis semiótico de la comunicación institucional de inicio de estado de alarma

Relacionado con mi asistencia al congreso COMRED:

Polarización, discursos ilógicos y amor (I)

Polarización, discursos ilógicos y amor (II)

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El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos.

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Hoy os dejo una cita encontrada en “El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos” que a su vez recoge el autor, Giorgio Agamben, del Liber Regularum de Ticonio (c. 330 – c. 390 d.C.), que cita a su vez el libro de la Sabiduría de la Biblia:

A estos reyes les dice la Sabiduría: “Escuchad, ¡oh, reyes!, y tratad de comprender; aprended, gobernantes de los confines de la tierra. Prestad oído, vosotros que domináis a las multitudes y estáis orgullosos de vuestros numerosos pueblos. Vuestra soberanía proviene del Señor, vuestra potencia, del Altísimo, el cual examinará vuestras obras y escudriñará vuestros propósitos; puesto que, siendo ministros de su reino, no habéis gobernado con rectitud ni habéis observado la ley”.  

Creo que esta cita es importante en los tiempos que vivimos de crisis de liderazgo, donde los líderes o esconden la cabeza o actúan de forma irresponsable e injusta, sin cumplir ni conocer las leyes, en la anomia. También hay que recordar que, de una forma u otra, también nosotros somos líderes en algún ámbito de nuestra vida, ya sea en las familias o en otros grupos humanos. Por tanto, de la autoridad y del poder, no se puede huir. Tampoco podemos vivir en un mundo ideal en el que no exista ni autoridad ni poder, eso solamente está en nuestras cabezas, ideologías o utopías, no en la realidad material. Creo que me ha costado unos 40 años entenderlo.

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¿Es posible una oposición crítica a la medidas políticas actuales que no sea tachada de conspiracionista?

Sí, esta es la pregunta que me ronda la cabeza en estos días. ¿Ha muerto la crítica? ¿Ha muerto la posibilidad de una oposición a lo real (M1*) desde lo real (M1*) con tan solo una mediación pragmática de lo simbólico (M2, M3*)? ¿Por qué las teorías de la conspiración y las llamadas “fake news” son usadas como arma arrojadiza y muñeco de paja contra la libertad de conciencia y de expresión? Es decir, porque haya personas que digan sandeces o locuras sobre un tema, estableciendo especulaciones o relaciones de causa-efecto no demostradas o disparatadas, eso no impide que el ciudadano común pueda estar en contra de las medidas políticas que se establezcan en cada momento.

Hoy en día, Carlos Marx y Bakunin serían catalogados como teóricos de la conspiración o, peor aún, tratados de locos. Hoy en día, ya no es posible la crítica hacia la gran empresa, ya sea farmacéutica, petrolera, armamentística, el lobbie de la IA o de los coches eléctricos. Cualquier alusión a los intereses económicos que puedan tener los grandes actores de la economía mundial es tabú. Marx y Bakunin podían estar equivocados, pero no están locos. Del mismo modo, yo podría decir (y con bastante razón) que la ley de violencia de género vigente se basa en una teoría de la conspiración que ve a los hombres como enemigos de las mujeres desde un punto de vista histórico, cuando la realidad es que estamos aquí gracias a nuestra complementariedad y apoyo mutuo en la supervivencia de la especie. Pero no llamo a las feministas conspiranoicas, puedo decir “están equivocadas” o “los presupuestos generales del estado las apoyan”, pero no creo que estén locas. Y, si lo hiciera, estaría usando mi narrativa y mi discurso de una forma retórica para ridiculizarlas dentro de un contexto de lucha de poder, porque al final, imponer una narrativa no es solo una cuestión de tener razón sino una cuestión política y económica de tener poder.

Todo esto contrasta enormemente con el mundo en el que yo crecí, el mundo de lo que era ser de izquierdas en los años 90. En esa época, nos atrevíamos a hablar y cuestionar a la gran empresa o al estado como agentes que tienen su propia agenda, muchas veces alejada de los intereses de los ciudadanos. Ahora todo eso ha cambiado. Nadie se atreve a cuestionar ninguna narrativa establecida porque, si lo haces, serás considerado un loco o un teórico de la conspiración. Todo esto en un contexto en el que se normaliza desde los medios de comunicación (que, obviamente, reciben financiación tanto pública como privada) a fenómenos como los therian o en el que es delito de odio y se persigue a mujeres feministas por negarse a prescindir de la categoría de mujer biológica como sujeto político del feminismo. Este es el mundo en el que vivimos, un mundo en el que no hay un interés profundo por entender la realidad, ni por la ontología, ni por la epistemología, y mucho menos por la semiótica. Y esto es así, tanto por parte de los amos de los discursos oficiales como por parte de las personas que viven en narrativas alternativas que no pueden probar o que se apoyan en relaciones de causa-efecto más cercanas a la magia que a la razón.

Leo con atención a Herbert. S. Shiller en su libro “Los manipuladores de cerebros” (1974), en un apartado sobre el mito de la neutralidad (p. 17):

La ciencia, que está más integrada que cualquier otra actividad intelectual a la economía empresaria, también sigue insistiendo en su neutralidad y en su independencia respecto de los juicios de valor. Renuente a analizar las implicaciones de sus fuentes de recursos, de las orientaciones de su investigación, de las aplicaciones de sus teorías y de la naturaleza de los paradigmas que ella crea, la ciencia estimula la idea de que está aislada de las fuerzas sociales que influyen sobre todas las actividades corrientes de la nación. 

Pero es que antes, al principio del libro, también comenta algo a propósito de las teorías de la conspiración que viene traer a colación estos días (p. 25):

Lo que yo me propongo hacer es identificar algunas de las fuerzas condicionantes y revelar los medios de los que se valen para ocultar su presencia, negar su influencia, o ejercer el control direccional bajo auspicios que a primera vista parecen ser benignos y/o naturales. La búsqueda de estos “procesos ocultos” y de sus mecanismos sutiles no debe confundirse con un tipo más común de investigación: la denuncia de actividades clandestinas. En estas páginas no invoco la conspiración ni me ocupo de ella. Aunque la idea de manipulación de las mentes se presta fácilmente a semejante enfoque, el condicionamiento general que se ejecuta en toda la sociedad norteamericana contemporánea no necesita de estos términos, ni se puede entender mediante su empleo. 

Naturalmente, en el medio social se producen conspiraciones y actúan conspiradores. (¿De qué otro modo se explica la introducción de micrófonos ocultos en la sede nacional del Partido Demócrata, a mediados de 1972?). Sin embargo estas actividades, realizadas en gran o en pequeña escala, públicas y ocultas, se pueden explicar en el marco de las realidades más profundas de la sociedad. 

No existe un comité de cultura encargado de redactar instrucciones secretas para el adoctrinamiento y la programación cotidianos del pueblo norteamericano, aunque la administración Nixon hace lo que puede en este sentido. En verdad, el proceso es mucho más inasible y mucho más eficaz porque generalmente funciona sin una dirección centralizada. Está implantado en los ordenamientos socioeconómicos indiscutidos pero fundamentales que primeramente determinan la propiedad de bienes, la división del trabajo, los roles sociales, la organización de la producción y la distribución de la renta, y luego son reforzados por estos mismos elementos. Dichos ordenamientos, consagrados y legitimados a lo largo de mucho tiempo, tienen su propia dinámica y producen sus propias “inevitabilidades”. 

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Yo, por ejemplo, uso un teléfono básico de llamadas, no uso smartphone en mi vida diaria para relacionarme con otras personas. Y, además, pienso que el uso el móvil es nocivo, mucho más nocivo que la televisión, porque está robando la atención (lo más valioso que tenemos) y el tiempo a la gente fuera de las casas, durante todo el día. Es, además, antiestético porque no hay nada más desagradable a la vista que entrar en un vagón de metro y ver que todo el mundo está mirando videos de tiktok en una pantalla o leyendo y contestando mensajes de los 400 grupos de whatsapp en los que están obligados a estar. Ver a una persona absorta en una pantalla mientras camina por la calle o está en una reunión familiar es feo desde un punto de vista estético. Decir esto, es decir, estar en contra de la implantación del teléfono móvil en las relaciones humanas no me hacer ser conspiranoica, me hace tener una actitud política frente a una implantación que es igualmente política y que considero que tiene efectos negativos que superan a los supuestos beneficios.

El móvil, además, está creando formas de socialización que no son las propias de nuestra especie. La gente ya no sabe organizar ningún tipo de evento social sin un grupo de whatsapp detrás que lo sustente, un grupo que hay que consultar, alimentar, responder, morderse la lengua ante las estupideces que hay que leer, o finalmente (como único acto de rebeldía posible), abandonar con un “X ha salido del grupo”. De forma sorprendente, las personas de izquierdas no albergan ningún espíritu crítico hacia la condición de que una empresa privada yankie controle toda su vida social. Es algo inevitable e incuestionable.

Tener móvil ya no es un derecho, es casi una obligación. Pero, seguramente (y esto sí es una hipótesis no demostrada ni puede serlo, es decir, es una intuición) la civilización del smartphone lleva en sí misma su destrucción porque el homo-smartphone ya no tiene ni tiempo ni silencio para reflexionar y una sociedad de sujetos irracionales, sin vida creativa ni espiritual, no es capaz de gestionar y perpetuar su propia sociedad. Y, problemas heredados del homo-monedafiat, el homo-deuda, el homo-seguridadsocial, el homo-mayo68 y el homo-políticadelhijoúnico van a ser problemas de primer orden.

El ser humano actual está completamente desconectado de su función procreativa y cree, en su visión mecanicista de la vida, que su aparato reproductor funciona con un interruptor on-off que puede apretar con el termostato de su voluntad. Además, no sabe ligar sin una app de citas en la que cosificarse y cosificar a los demás como objetos de catálogo, no tiene las habilidades sociales para formar familias estables, no es capaz de estar enamorado después de que se acabe la pasión inicial y le han contado el cuento de que las relaciones deben durar mientras todo sea idílico y maravilloso y romperse cuando ya no lo son. Los animales de granja no procrean en cautividad.

A todo esto hay que sumarle un nuevo elemento, la propaganda de una supuesta épica del suicidio promovida desde el Estado. ¡Apaguen el televisor! ¡Resistan!

Pero, volviendo al principio de todo esto. Lo peor de la sociedad actual es la falta de creatividad por miedo a ser tildado de “conspiranoico” o “loco” (y aquí si vienen bien las comillas). Porque los “locos” y los “conspiranoicos” no ascienden ni reciben subvenciones del Ministerio. Y hoy estamos en una sociedad en la que quien se mueve no sale en la foto. Solamente los niños, los locos y las personas que no tienen una reputación que mantener pueden permitirse el lujo de decir lo que piensan (sea esto falso o verdadero). Una primera consecuencia de esto, que puede parecer triste en un primer momento, es que va a llevar a que la ciencia y la tecnología salgan de las instituciones públicas y vuelvan a los monasterios, como en la caída del Imperio Romano. Cuando las instituciones públicas están más preocupadas por agradar al soberano (el poder o el dueño de la máquinita de imprimir dinero/deuda) que buscar la verdad o investigar la ciencia de las cosas, la verdad y la ciencia buscarán otros caminos. Olvídense de un nuevo Kary Mullis, ese tipo de científico no volverá a surgir en un ecosistema como este. Otra posibilidad, más esperanzadora, es que el poder (el soberano) se convierta y crea en Dios, busque la virtud, el conocimiento y la ética por encima del ansia de poder en sí mismo. Pero esto no parece que sea la tendencia actual…

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Me dirán que estoy fabulando y afirmando cosas que no puedo demostrar, pero simplemente estoy haciendo un ejercicio de imaginación como los que se hacen en teoría de juegos o simulacros militares. ¿Por qué un modelo matemático no puede ser visto como un simple ejercicio de ficción? ¿Acaso los modelos, simulacros y planificación por escenarios no se basan en ficciones posibles y en variables previamente seleccionadas? ¿Quién es el loco? ¿Quién es el cuerdo? ¿Quién tiene miedo a perder la subvención y la “honra” intelectual?

¿Quién el poeta?

¿Quién el soberano?

Yo nunca tuve reputación y, por eso, aunque puedo equivocarme, soy libre.

Sí me preocupa lo que piense Dios de mí.

*Para una introducción a los tres mundos de Popper, M1 (realidad material), M2 (mente subjetiva) y M3 (teorías objetivas sociales), ver: https://www.youtube.com/watch?v=NTddhXBDe3k

Relacionado: 

– Sobre cultura generativa y no patológica ni burocrática: Entrevista a Ron Westrum https://youtu.be/iS302GDKeB8?si=QeGqkhvABIEHjx8l

– Fabio Vighi sobre permacrisis: https://www.youtube.com/watch?v=tbiG-V3y10U

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De papel, poesía, autopoiesis y amor infinito…

En diciembre de 2025 se celebró el Encuentro del Libro Anarquista de Madrid en la Escuela Popular de Prosperidad. Allí fui para saludar a mis amigos de la Ediciones Fantasma y grabar esta pequeña entrevista a Elena Pedrosa, autora del libro de poesía “Proceso de autoborrado”. Charlamos sobre la importancia del papel, sus poemas, la autopoiesis y el amor infinito. Os pido disculpas por la mala calidad del sonido.

Dos poemas de Elena Pedrosa: https://youtu.be/WtVNs9nHooY

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Silvestre #1

Querida Valle:

Te mando el último poema que he escrito. Ya no nos vemos mucho pero sé que, aunque los tiempos hayan cambiado y estemos más distantes, debemos de estar juntas en algún otro plano, quizás metafísico, en el que seguimos nuestras interminables conversaciones; ese plano en el que viven los significados cuando salen a tomar algo sin los significantes. ¡Qué pedante me está saliendo esta carta!

Te escribo en formato papel porque sabes que me gusta recuperar esas cosas antiguas que, de sencillas, eran bonitas. Ahora el mundo se ha vuelto muy loco, casi apocalíptico, todas las canciones de las radiofórmulas hablan del fin del mundo, como si la guerra de monedas o la inflación o el coeficiente de caja del 0% o la expansión cuantitativa infinita o la crisis del dólar fueran algo más que un simple espejismo. Todos vamos a vivir nuestro propio apocalipsis, que es nuestra propia muerte. Y la vida tiene un 100% de tasa de letalidad (más que les pese a los tonti-transhumanistas).

Lo importante y en lo único en lo que podemos invertir es en amor. Y no en un amor cualquiera, en el AMOR a Dios y a las personas de carne y hueso que en la vida real amamos. Supongo que a los avatares digitales, NPCs y bots zombies que vemos por las calles y los vagones del metro también tenemos que amarlos como al “prójimo” pero la verdad es que me cuesta y se me escapa el cómo. No hace falta que te cuente más, lo hemos hablado durante horas en esas conversaciones imaginarias que tenemos en ese “otro plano” que vive en nuestras neuronas pero que jamás ha sido explicado ni por la lingüística ni por la ciencia en general.

Te escribo también en papel porque ya sabes que todo lo digital es usado por los refritos de la IA para apropiarse de la creatividad y el conocimiento humano escrito de los últimos 5.000 años. ¡Qué ilusa la gente que tiene blogs! ¡Qué tontos éramos! Nos creímos todo ese rollo ciberpunk de la libertad de expresión, de que todo el mundo podía compartir la cultura en internet y blablablá. Todo al final era para eso, para que todo lo que escribimos y compartimos en internet alimentase de contenido a Google y, después, acabase en el negocio de la IA y sus grises granjas de servidores. ¡Y toda la izquierda haciendo de comparsa de la Big Tech con el combate por el copyleft y contra esos rancios pijoprogres de la SGAE! Si es que somos bobos de remate. Al final todo era una lucha por el reparto del pastel y por delimitar qué trozo o porcentaje correspondía a cada uno, a los viejos conocidos de aquí y a los grandes monopolios digitales de allá.

Bueno, a lo que iba, te mando un poemilla (o quizás sería mejor llamarlo “algunas frases sueltas”) que he escrito, a ver qué te parece.

Firmado: tu amiga Katia

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Silvestre

Nací como una flor silvestre,

cuando nadie me esperaba,

nadie me planificaba

y no era el momento propicio.

Soy neandertal en el siglo XXI,

sirena en el asfalto,

extraterrestre en la tierra,

aborigen en la ciudad.

Y, sin embargo,

estoy aquí.

Veo cosas que vosotros no veis,

pienso diferente,

soy la nota disonante

de esta sinfonía ridícula

que todos bailamos.

Pero sí estaba de alguna forma en el deseo divino

que es más inteligente que todos nosotros juntos.

Porque si hubiera que pensar para respirar

estaríamos todos muertos.

Por eso, las cosas más importantes y básicas,

Dios no las dejó a nuestro libre albedrío,

porque sabía que nos olvidaríamos de ellas.

Y a la vez, algunas de esas cosas tan importantes

tuvimos que regularlas y ordenarlas,

porque ya no estábamos en el paraíso…

Hoy nos enseñan a normalizar el dolor y negarnos a nosotros mismos.

Sin embargo, por alguna razón que no soy capaz de entender,

(quizás esa biblia para niños vieja que acabó en mis manos)

siempre tuve clara la diferencia entre el bien y el mal.

(Incluso aunque intentaran convencerme de lo contrario).

(O a los niños como yo nos trataran de hacer creer que lo malo era bueno,

que era aceptable e incluso deseable).

“Nunca aceptaste el divorcio de tus padres”, me dijo una vez un profesor de instituto algo psicoanalista.

Ahora sé que, efectivamente, nunca lo acepté porque jamás renuncié a la verdad y a lo auténtico.

De una forma intuitiva sabía que lo que rompe en dos a un niño jamás puede ser algo bueno.

¿Queríais que lo aceptara? ¿Que diera mi bendición a algo que era malo para todos y sobre todo para mí?

Pues no. No acepté tampoco las llamadas de teléfono como sustitutos patéticos de una relación humana real.

En definitiva, ahora ya mayor veo que nunca acepté el simulacro.

Ahora hay miles de etiquetas y taxonomías para clasificar todas las personalidades existentes en el mundo.

Las clasificaciones van cambiando cada pocos años, al albur de grupos de decisión y expertos

que tienen en sus manos el mayor de los poderes: el poder de inventar palabras.

Jamás pensé que ya camino de vieja me daría cuenta de este secreto

(en realidad contado a gritos):

somos gobernados por los signos y las representaciones.

Y, tú, como yo, flor silvestre,

no tienes todavía nombre,

y, por tanto,

no existes.