



La opinión pública mundial parece tomar conciencia, con retraso, de los crímenes que el gobierno de Benyamin Netanyahu ha perpetrado contra las poblaciones de la franja de Gaza, de Líbano, de Siria y de Irán. Ningún otro gobierno en el mundo se ha atrevido a proclamar que eliminar a quienes resisten justifica matar también a los civiles que estén en los alrededores, sin importar la cantidad de “víctimas colaterales”. Pero también es importante estar conscientes de que esa manera de pensar tiene una historia larga y abominable. El mundo tiene que asumir sus responsabilidades antes de que ese régimen comience a arremeter también contra sus propios conciudadanos, no porque estos últimos sean más valiosos que los árabes o los persas sino porque todos son parte de la humanidad.
Desde sus primeros años de existencia, la República Islámica de Irán desarrolló una visión del mundo y un pensamiento estratégico. Ante la guerra que Israel y Estados Unidos le impusieron, Irán ha tenido que coordinar sus fuerzas armadas y su diplomacia, mientras que sus logros militares le han permitido plantearse la manera de continuar adelante con sus objetivos revolucionarios y garantizar simultáneamente la protección de su pueblo.
En Occidente no se entiende la posición de Irán frente a Estados Unidos y a los aliados del imperio. La guerra no sorprendió al pueblo iraní. Sabía que tendría que enfrentarla, por su posición antiimperialista. Ya en pleno conflicto, Irán no está tan interesado en negociar el fin de las hostilidades como en sentar las bases de un nuevo orden internacional. Irán acepta sufrir en aras de hacer avanzar sus intereses. Mientras Washington trata de ganar militarmente, Irán avanza políticamente.
Visto desde el exterior, no se percibe la metamorfosis de Estados Unidos. En 4 meses, ese país ha cambiado de ideología política (sus dirigentes ya no son “jacksonianos”), de doctrina militar (ya no aplica la estrategia “Rumsfeld-Cebrowski”) y también ha cambiado de fe (ya no cree en el pluralismo religioso). Hoy iniciamos la publicación de un estudio sobre esta mutación, que nos obliga a revisar a fondo nuestra percepción de ese país.
Aunque nuestros medios de difusión nos llaman a creerlo, la República Islámica de Irán no es un régimen totalitario, en todo caso no más que nuestros propios regímenes occidentales. Irán es una civilización mucho más antigua que Occidente. Sus habitantes tienen virtudes que nosotros no tenemos. No sólo nadie debe sentir orgullo por tratar de acabar con ellos sino que incluso deberíamos escucharlos.